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Lo que comenzó como un gran supermercado chino en Valencia, pegado a la Estación del Norte y pensado para abastecer al Chinatown de la calle Pelayo, se ha convertido en un símbolo de cómo la globalización se cuela en la vida diaria a través de la cesta de la compra. Sus 1.500 m² en la estación y los 1.417 m² de la nueva tienda en el centro comercial Plaza San Miguel, en Lima, muestran una misma apuesta: hacer cotidiana una cultura milenaria a base de pasillos infinitos de productos asiáticos, precios accesibles y horarios amplios.

Mientras los clientes salen cargados de bolsas negras en Valencia o recorren los pasillos temáticos en Lima, la empresa afina su expansión con cifras frías: crecimiento de ventas de dos dígitos, aperturas anuales planificadas y presencia en ciudades clave como Trujillo, Cajamarca, Arequipa y Chincha. Detrás de cada salsa, snack o utensilio de cocina, se teje una historia mayor: la de una cadena que ya no solo abastece restaurantes chinos, sino que moldea, silenciosamente, lo que se cocina en los hogares de dos continentes.

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